EL NIÑO QUE LEÍA MUCHOS LIBROS (PARTE II)

Otras cuatro ideas para provocar la lectura en la infancia.

Por Juliana Muñoz Toro, para el programa McLectura Feliz de McDonald’s

La lectura puede ser parte de un estilo de vida, de un disfrute personal y que los niños y las niñas dejen de considerarla como una tarea más del colegio. En la entrega anterior propuse algunas ideas sobre cómo crear una rutina y un espacio para los libros, leer en voz alta y asistir a encuentros con escritores. Aquí sugiero cuatro propuestas más para que las letras en la infancia sean diversas, lúdicas y habiten otros espacios del cotidiano.

  1. Diversidad literaria

Todas las lecturas son válidas, en especial al comienzo del camino lector. Yo empecé leyendo revistas juveniles. Luego pedí de Navidad un libro sobre la vida secreta de Bart Simpson, que era más un compendio humorístico que un relato. También pasé por varios libros de autosuperación hasta que algún día conocí el género de novela con Gabriel García Márquez.

Pasaron muchos años, pero no fue en vano: ya estaba familiarizada con el libro como objeto, ya no le tenía miedo a leer algo más largo y complejo. Las librerías me emocionaban, estaba lista para explorar otros géneros. Más allá de discutir qué libro contiene una “mejor literatura”, propongo quitarse el miedo de que los niños escojan una parte de su biblioteca y que quizá no sea la decisión que uno tomaría. Entrarán a la canasta historias que a primera vista parecen superficiales. Y está bien. La idea es que el niño lea ampliamente y con variedad para que construya su propio camino lector y, sobre todo, para que disfrute el tiempo de lectura.

  1. Leer como juego

De niña hacía mis propios libros. Tomaba hojas de papel, las recortaba en pequeños rectángulos, las juntaba una sobre otra y les ponía un par de ganchos en la mitad. Al doblarlas eran un libro en blanco en miniatura. Y allí creaba mi mundo. La creación es una reacción natural a la lectura, en especial en la infancia, donde todo puede ser un juego y el juego es una forma de experiencia, un ensayo libre de la realidad.

Al final de una lectura podemos promover conversaciones con los niños, preguntarles qué les gustó, cómo se imaginan al personaje principal, a qué se les parece la situación en su propia vida, qué otro final propondrían. El diálogo se puede volver un dibujo, o un escrito corto. Incluso pueden hacer un separador de libros artesanal, por ejemplo con hojas secas o dibujos laminados.

El juego también se trata de sacar lo literario de ambientes obvios, como la escuela y la biblioteca, y llevarlo a espacios que los pequeños relacionen con diversión: libros al parque, libros a la playa. O promover la lectura, en vez del uso de la pantalla, en sitios de espera o vuelos muy largos.

  1. El ejemplo

Con los niños no funciona “haz lo que digo, no lo que hago”. Si los padres o los maestros no pasan tiempo leyendo, difícilmente van a tener autoridad para hacer que los pequeños lean. Hay que comenzar con uno mismo. Nunca es tarde para enamorarse de la lectura. Y aunque este puede ser un camino en familia, también hay que dejar la libertad para que los niños se animen a ser lectores independientes y que encuentren sus propios espacios para leer los libros que quieren leer. Hacer un reto de lectura y celebrar los logros alcanzados siempre serán buenas ideas.

  1. No todo es comprar libros

Hay libros que vale la pena tener: esos que nosotros o los más chicos quieren releer, reinterpretar, hacerlo propio. Y hay otros que vale la pena que circulen, por ejemplo, en un intercambio literario (en la mayoría de librerías y bibliotecas públicas se organizan jornadas para el ‘cambalache’ del libro leído). Hacer a los niños y niñas partícipes de la decisión de qué libros guardar y cuáles cambiar también los empodera como lectores. Leer como una elección constante que con los años se vuelva vital para el disfrute intelectual, para tener otras miradas de la sociedad.

Las visitas a las bibliotecas públicas son otra buena estrategia. Suelen ser construcciones que nos sobrecogen por el diseño de sus espacios, por la variedad de libros a la que cualquiera puede acceder. Además de sus salas de lectura, tienen actividades gratuitas para la familia y, muchas veces, talleres para los niños de pintura, lectura y escritura. Como decía Jorge Luis Borges “siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”.

*Escritora y periodista colombiana. Autora de novelas infantiles como “24 señales para descubrir a un alien” (Tragaluz, 2017) y “Diario de dos Lunas” (Norma, 2018).

*El programa McLectura Feliz de McDonald’s celebra la alegría de leer, ofreciendo libros como alternativa al juguete en la Cajita FelizTM. Desde 2001, este programa ha distribuido cerca de 450 millones de libros a familias alrededor del mundo; y, en América Latina, McLectura Feliz ha entregado más de 14 millones de libros desde 2013.

Lee la parte (I) aquí: EL NIÑO QUE LEÍA MUCHOS LIBROS (PARTE I)