EL NIÑO QUE LEÍA MUCHOS LIBROS (PARTE I)

Cuatro ideas para provocar la lectura en la infancia.

Por Juliana Muñoz Toro, para el programa McLectura Feliz de McDonald’s

Queremos que nuestros niños y niñas lean más. Que lo disfruten. Que lean como un estilo de vida. Quien abre un libro, abre su mente, expande su vocabulario, ilumina su futuro, se adapta a la incomodidad. La literatura como juguete, como refugio, como lente para entender este mundo que los adultos a veces estropeamos un poco.

Y sin embargo, no estamos logrando que lean. Algunos se quejan de que la lectura es aburrida o de que no han encontrado el libro indicado, otros la ven como una tarea más. O simplemente la pantalla es una opción más atractiva.

Estamos a tiempo de embarcarlos (y embarcarnos) en el mar fantástico de las letras. Estas son algunas ideas para zarpar.

  1. Programar una rutina familiar

En mi casa cada quien comía por su cuenta. Papá, cuando llegaba de trabajar. Mamá, luego de habernos dado de comer a nosotros. Yo, viendo la tele. Durante muchos años nos perdimos de ese momento en que la cena nos podía convocar para hablar de los altos y los bajos del día, para oler el vapor del alimento caliente, para compartir el arroz y pasarnos la sal, o simplemente para estar en silencio, pero estar juntos.

Lo mismo pasa con la lectura. Si hay un momento en la rutina diaria tan importante como comer, es ese en que todos se reúnen a leer. Entonces el libro se saborearía más, la atención estaría plena en el nudo de la historia.  Es un tiempo de calidad en familia, un momento feliz. No se comparte lo que es aburrido, ni lo que es un deber. Se pasa de mano en mano un libro como si fuese un alimento (que lo es).

  2. Crear el espacio

El cuento antes de dormir es una opción, sí. Es mejor opción que no leer del todo. Pero el niño, quizá, empiece a relacionar la lectura con el cansancio y el sueño. Puede ser una buena idea crear ese espacio en una hora tranquila, pero donde padres, hijos y hermanos estén alertas en torno a la lectura. Que los grandes le pierdan el miedo a las colecciones para niños, pues la buena literatura infantil es lo mismo que buena literatura y punto. Que uno sea el elegido para leer. Que cada uno tenga su propio texto. No hay reglas. Se trata de que al final surjan conversaciones encendidas por las historias.

El espacio físico también es importante. Buena luz, hojas y lápices de colores a la mano para dibujar a los personajes o escribir un nuevo final para el cuento. Habitaciones con bibliotecas coloridas y con libros al alcance de los más pequeños, es decir, que sientan que también son suyos los textos y que pueden consultarlos cuando así lo quieran.

  1. Leer en voz alta

Yo no fui una niña muy lectora. Los libros llegaron porque no había otro remedio para aliviar el tedio de los descansos en el colegio. Un día, tendría unos 12 años, fui a la biblioteca, tomé un libro al azar que resultó ser de poesía y empecé a leerlo en voz alta. Los niños que estaban cerca me escucharon y se sentaron alrededor mío. Sin tener que invitarlos, ahí estaban, entendiendo la mitad de lo que yo decía, pero disfrutando el descubrimiento de la otra mitad. El ritmo de lo que leía los atrajo, luego la letra, que resultaba ser dramática y desesperada, como nos gustaba a esa edad. La edad de la incomprensión. Empezaron a llamarme ‘poetisa’ y aun cuando dejé de ir a la biblioteca, ellos siguieron con el club de lectura en voz alta. Lo dije: no había remedio.

En casa se puede reproducir una experiencia similar. Incluso que los hermanos mayores les lean a los menores para que se adquiera el hábito de explicar en lenguaje sencillo lo que están contando. Que los adultos imiten los sonidos de los animales, que se cambien las voces según el personaje y se le ponga intención, casi teatral, a la historia. Hay estudios que demuestran que leer en voz alta mejora la calidad de las relaciones entre padres e hijos y reduce el estrés y la depresión.

    4. Acercarlos a los autores

Como autora me he dado cuenta de la ilusión que les hace a los niños tener un contacto directo conmigo y preguntarme lo que se les ocurrió al leer mis libros: ¿Habrá una segunda parte? ¿La protagonista soy yo cuando era niña? ¿Cómo me inspiré para hablar de ese tema? ¿Realmente el papá de ese niño era un alien? Su curiosidad es prodigiosa y están abiertos a entender cómo los escritores convierten una idea en una historia. Algunos, incluso, también están empezando a soñar con escribir sus propios libros.

Las ferias, como la Feria Internacional del Libro de Bogotá, son espacios que generan estos encuentros. Tienen una programación que incluye la visita de escritores e ilustradores de todo el mundo para hablar de sus libros de forma cercana con el público. Y buena parte de este es, por supuesto, infantil. Hay incluso autores que también son muy buenos artistas, como María del Sol Peralta o Amalia Low, que cantan y bailan para contar sus historias infantiles. Las librerías también tienen durante el año una agenda de eventos que incluye la hora del cuento y encuentros con creadores de literatura infantil. Personalmente, me ha sorprendido lo empoderados que se sienten los niños en este tipo de eventos, pues saben que están pensados para ellos y que es su oportunidad para hacer lo que más les gusta: preguntar.

 *Escritora y periodista colombiana. Autora de novelas infantiles como “24 señales para descubrir a un alien” (Tragaluz, 2017) y “Diario de dos Lunas” (Norma, 2018).

*El programa McLectura Feliz de McDonald’s celebra la alegría de leer, ofreciendo libros como alternativa al juguete en la Cajita FelizTM. Desde 2001, este programa ha distribuido cerca de 450 millones de libros a familias alrededor del mundo; y, en América Latina, McLectura Feliz ha entregado más de 14 millones de libros desde 2013.

Lee la parte (II) aquí: EL NIÑO QUE LEÍA MUCHOS LIBROS