La FILBo 2018 tiene equipo

Por: Juan Sebastián Casas

 

La Sala A del Gran Salón Ecopetrol en Corferias está dispuesta. El público observa expectante a los jugadores de la jornada mientras ultiman detalles para el inicio del encuentro. La nómina: El arquero, Sergio Ocampo Madrid (moderador) porque todo buen equipo de fútbol se cimienta en el guardapalos. El defensa: Alberto Salcedo Ramos, la experiencia para evitar sorpresas. Los mediocampistas: Eduardo Sacheri y Esteban Mayorga, la creación y la marca en manos de los fichajes internacionales. El delantero: Juan Gabriel Vásquez, la letalidad de la palabra para anotar.

Inicia el partido, ruedan las palabras, las pasan de uno a otro, exponen las jugadas, las construyen, pero, ¿contra quién juegan? Juegan contra la nostalgia, las religiones, la política corrupta, el crimen, la derrota, la guerra, el tiempo, la indiferencia y la muerte.

Sergio Ocampo lanza los pelotazos de introducción: “la única religión que no está en crisis es el fútbol”, “hay más jugadores de fútbol profesionales que curas, chamanes, rabinos” y “la teología del fútbol es más esperanzadora que la de cualquier otra religión”, porque el trago acedo de la derrota es pasajero y siempre está el partido del día siguiente para resarcirse. Verdades tan diáfanas como que Dios ya no se escribe usando el diptongo “io”, sino usando el número 10: D10S, Maradona, el mejor jugador del planeta.

Después de reconocer el terreno empiezan las jugadas de peligro. La primera, una que lleva a enfrentarse con la nostalgia: 31 de octubre de 1987, después de jugar dos partidos con una victoria para cada uno, América y Peñarol disputaron el partido definitivo; minuto 120, Diego Aguirre anota para Peñarol. La jugada no se cierra con el título del equipo uruguayo. Se cierra con la incógnita: ¿por qué siempre a nosotros? Parece que los colombianos la decimos para justificar nuestros fracasos ante un D10S que no puede hacer felices a todos al tiempo. 0 – 1 pierde la FILBo.

La segunda jugada pone a Eduardo Sacheri mano a mano frente a la religión y la guerra. Contra la religión porque su compatriota, Maradona, pasa de pícaro ordinario haciendo un gol con la mano, a único y absoluto dios de todas las religiones, artista de la memoria, marcando el mejor gol en la historia de los mundiales frente a Inglaterra en el mundial de 1986.  Y contra la guerra porque después de perder las Malvinas en 1982, también contra Inglaterra, se da la revancha simbólica en ese partido de cuartos de final que significó una bocanada de aire para el pueblo argentino que continuaba con la llaga abierta por la derrota bélica.

Épico, inolvidable, inmortal. De esa manera Sacheri le anota un gol a cada una, guerra y religión. 2 a 1 para el equipo de la FILBo. La palabra ahora es proyectada con un cambio de frente a Alberto Salcedo, que elude de forma maestra a la molesta derrota. Si bien es el defensa del equipo, cual si fuera Beckenbauer, la sobrepasa con esta expresión: “la épica de la derrota”, lo indeleble que se puede rescatar del fracaso. El “acto de justicia poética” que hace ver al ganador como un ente insípido, olvidable y prescindible. Los ejemplos: Mundial de España 1982, Hungria 10 – 1 El Salvador; Argentina 2 – 0 El Salvador. En el primero se celebró al único gol de El Salvador en ese mundial. En el segundo, la no expulsión de un jugador que pateó al árbitro. Y por último, Marcos Coll, colombiano, el único gol olímpico de los mundiales, y el empate a cuatro con Rusia que nos dio aire en una camiseta desairada por la guerra.

“Perder es ganar un poco” dijo Maturana. 3 a 1 para la FILBo. El turno para conducir la jugada le corresponde a Esteban Mayorga, que apela a la lírica de la garra charrúa para ejemplificar la creación de la identidad nacional, así pues, el fútbol termina siendo un medio para construir nación. ¿La tarea cuál es? Buscar las fintas y las triangulaciones para que la identidad que se construya a través del fútbol no sea la identidad de la violencia o la indiferencia, que no se convierta en un autobús de once jugadores infranqueable, sino más bien, que sea una identidad que haga paredes o pivotee balones para derribar las connotaciones negativas del deporte más lindo del mundo. Lamentablemente en Latinoamérica muchas veces nos ganan ese gol la criminalidad en los estadios o en las mismas canchas. 3 – 2 para la FILBo.

Y para rematar, el goleador Juan Gabriel Vásquez enfrenta dos temibles adversarios: el tiempo y la muerte. Al tiempo lo sortea con la comparación entre la jugada de Maradona contra Inglaterra y la de Messi ante Villareal. El fútbol, a pesar de durar 90 minutos, no acepta la condición de quedar en el olvido. En cada partido se producen nuevas epopeyas o líricas que evocan hitos de pícaros, caballeros o dioses del pasado. 4 – 2 para los nuestros.

Sin embargo, la muerte le niega el gol final. La muerte de Andrés Escobar representa para Vásquez una ruptura con el fútbol colombiano. Una prueba de que el fútbol puede ser monstruoso como el alma humana, como lo menciona en algún momento Sacheri; o una metáfora social de los países, explica el mismo Vásquez. 4 – 3 gana la FILBo.

El tiempo de reposición empieza y con el temor de que surja un empate, las palabras empiezan a circular por lo majestuoso del fútbol: “es una recuperación semanal de la infancia”, referencia Vásquez a Javier Marías. Y es cierto, el fútbol nos regresa esas emociones que la rutina nos apaga; nos lleva a la incertidumbre y a la duda; nos enajena por horas y horas, porque como buenos futboleros la previa se hace hablando de fútbol y compartiendo con amigos o familia; el fútbol nos identifica con un territorio, nos hace tenerle cariño a ese lugar donde alguna vez nos creímos Ronaldo, Iniesta o Lampard; el fútbol, al final, sea talentoso o no lo sea, escriba bien o no tan bien, nos hace poetas.

Entre la épica y la lírica: grandes jugadas del fútbol fue la primera charla de la FILBo 2018 en la que se vincularon el fútbol y la literatura. Una tarde grandiosa de arte y deporte, amena y entretenida para el público y que dejó, por lo menos a mí, ganas de hacer poesía con los pies y narrar fútbol con las manos.

 

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