Caminarse un libro, caminar el mundo: Ciudad abierta, de Teju Cole

Por: Edwin Uribe

 

Dicen que es peligroso salir a caminar mientras se lee. Podría decir que lo es, pero hasta el momento, cada vez que lo he hecho no he sufrido accidente alguno; igualmente, la sensación de chocarse con un poste o caer a un hueco, es inevitable. Sin embargo, considero que hay libros que deben ser leídos así, al caminar, sencillamente salir con ellos, recitar las palabras en voz alta y recorrer un parque o una que otra calle. Uno de esos libros es Ciudad Abierta (Acantilado, 2012) del nigeriano Teju Cole. Julius, narrador personaje, nos habla al oído cada paso en la enorme Manhattan, es fotográfico y reflexivo. Pasos que hablan de un presente, que viajan a un pasado, a las condiciones sociales de su natal Nigeria o de otros lugares conocidos y por conocer. Toda la narración contiene referencias musicales, artísticas, cinematográficas, literarias y espirituales que, al ir adentrándose en sus capítulos, construyen una cartografía completa de una Nueva York personal. Si han contado con la fortuna de viajar a Estados Unidos, específicamente a Nueva York, podrán recordar su caminar por lugares como la Catedral de San Patricio, el Sakura Park, por High Line y Grand Central Terminal o la impresión que se produjo al ver las exposiciones de arte de los museos llenos de cuadros de artistas del Siglo XVII o XVIII. Lo anterior no es suficiente para dar cuenta de lo que Cole logró en su obra; la Gran Manzana y sus alrededores son sólo una excusa, un terreno necesario donde todo converge. A pesar de que las calles evocan sentimientos, referencian lugares lejanos, o que las pinturas, la música, el cine hace que viajemos entre el primer y tercer mundo, lo que empieza a ser relevante es la gente que conforma o son partícipes de las mismas, son quienes dan cuenta de la complejidad de las ciudades, de los prejuicios que se tiene sobre los otros, de lo congestionado y monótono que es el día a día, estos son capaces de establecer lazos entre lo que se conoce y se ha vivido, forman su propio lugar, lo asocian con los sitios ya visitados, hacen un tejido de múltiples callejones donde, al ser recorridos, desembocan en fotogramas de la memoria y traen ante sí su realidad, su concepción de vida.

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Portada: “Ciudad abierta”. Cortesía/ Acantilado.

Las caminatas de Julius cambian la perspectiva de lo que sería común, realiza denuncias de forma sutil sobre el racismo, los movimientos feministas, la masificación de los medios, de la industria musical; al mismo tiempo va construyendo significados ligados a la soledad, a lo mundano de las relaciones interpersonales, a la falta de conocimiento de sí, y de aquellos que son cercanos; asume una postura con respecto a su profesión, piensa en la complejidad del pensamiento de sus pacientes, de cómo viven; hace relaciones.

Ciudad Abierta no es sólo una exposición del pensamiento de un ciudadano cualquiera, el cual, simplemente, tomó la decisión de bajar el ritmo de sus pisadas y dedicar una mirada contemplativa, crítica, a lo que le rodeaba. Es una novela que es espejo del imaginativo colectivo de muchos lectores, funciona entre dos mundos, entre dos tiempos, entre creencias; viaja y te sitúa al lado de un par de niños, hermanos, subidos en el mismo vagón del tren, se acercan, picarescos, y preguntan: “¿Eres un Gánster? No hermana, no creo que lo sea. Sí, es negro, debe ser un Gánster. No, mira, no se viste como uno. Eso no importa, él es un Gánster. Los niños se alejan, te apuntan con sus manos, el ruido de las balas abandona su boca”. Cole y Julius observan, toman los objetos que los rodean, hallan ahí su reflejo y lo que hay detrás, si es necesario lo dejan caer y, con los pedazos arman una nueva perspectiva de lo que sucede. Aquí no hay tiempo para asustarse con la vieja sentencia de los siete años de mala suerte, acá lo que se necesita es que la vista pueda romper el muro de las primeras impresiones y se fragmente como la luz. Las aceras de esas ciudades reformadas estarán cubiertas por un espectro de colores, muchos más que los delimitados por el arcoíris, y, de forma única, estos teñirán a quien los pise, luego, al andar, se mezclarán con las tonalidades subsiguientes generando así una percepción diversificada y propia de lo que existe.

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