Camino hacia la utopía: Diana Uribe en la FILBo

Por: Gina Sánchez

Diana Uribe recuerda a Nina Simone, a Aretha Franklin o a Janis Joplin. Mujeres capaces de llenar estadios enteros solo por sus voces; mujeres encantadoras, valientes y temerarias; personajes que parecen encarnar el espíritu de su época y, al mismo tiempo, son capaces de señalar sus faltas y escarbar en sus cimientos.

No cabe duda de que Diana Uribe es una de las más reconocidas historiadoras de nuestro país. Durante varios años se ha dedicado a trabajar en radio y a comentar y divulgar la historia universal. Y sí una cosa es evidente es que Diana Uribe es una gran contadora de historias. Ese tono desparpajado, informal, y divertido se ha ganado un buen número de adeptos; un público heterogéneo que ha encontrado en sus narraciones una forma placentera y sencilla de aprender de historia.

El pasado 6 de mayo, en el marco de la FILBo y con motivo de la publicación de su último libro Contracultura. Los movimientos de los años 60 hacia la utopía, Diana Uribe se presentó para hablar de las utopías, que casi siempre nacen de las épocas más oscuras.

Tras una breve presentación, la historiadora salió al escenario del Auditorio José Asunción Silva frente a un aforo lleno y un público expectante. No se sentó nunca ni paró de hablar. Comenzó con una cita contundente, del que ha dicho en algunas entrevistas que es su mayor héroe: Abbi Hoffmnan.

Nosotros estamos aquí para construir un mundo mejor. La lección que nos dejo la década de los 60 es que las personas que se preocupan lo suficiente por hacer el bien pueden cambiar la historia. Nosotros no acabamos con el racismo, pero si acabamos con la segregación racial. Nosotros acabamos con la idea de que es posible enviar medio millón de soldados alrededor del mundo a luchar en una guerra que nadie soporta. Nosotros acabamos con la idea de que las mujeres  son ciudadanos de segunda clase. Nosotros hicimos del ambiente un asunto que no puede ser ignorado. Las grandes batallas que ganamos no pueden ser reversadas. Éramos jóvenes, soberbios, temerarios, hipócritas, valientes, tontos, obstinados, y estábamos medio muertos de miedo y teníamos razón y no me arrepiento de nada.

El gusto por los movimientos contraculturales no es una cosa del presente; fue primero el tema de su tesis, luego, el de un curso que dictó durante varios años y, después, el del contenido de un programa radial que también se extendió por mucho tiempo. Siempre ha sido un proyecto de vida. Así que cuando habla de su libro y de la historia que lo enmarca, lo hace con propiedad, con irreverencia; causando risas y asombro entre los espectadores.

“La fuerza del espíritu cuando se moviliza es capaz de transformar la conciencia humana a límites que no nos podemos imaginar” dice Uribe, cuando empieza a recordar que pasó, casi sesenta años atrás en el mundo. La contracultura enmarca todos aquellos movimientos y actitudes que durante la década de los 60, provocaron un cambio de paradigma y socavaron todos los ámbitos de la vida social. Con el surgimiento de cada una de las tendencias que se enumera en el libro, se fueron ampliando las nociones de derecho, pervirtiendo y cuestionando las concepciones dominantes sobre lo “normal”, “lo bueno” y lo “correcto”.

De este modo, Contracultura hace un repaso minucioso por cada movimiento, sus antecedentes, personajes y contextos que fueron determinantes para que estos fenómenos sucedieran. Diana Uribe evoca las luchas no violentas que tuvieron lugar en el sur de Estados Unidos a finales de la década de los 50, cuando la discriminación racial era tal que, como afirma la autora, se había construido “una arquitectura de la segregación”. Simultáneo al movimiento civil y el “black power” se gestaba en Europa el movimiento estudiantil, que tuvo como mayor expresión el famoso mayo del 68. El movimiento estudiantil fue un intento por repensar la sociedad desde el cambio en la educación y los estamentos de autoridad, de ahí sus famosas consignas: “sed realistas, pedid lo imposible”, “en una sociedad donde no hay aventuras, la única aventura es cambiar la sociedad”.

A la par, nacía en los suburbios de Estados Unidos el movimiento hippie, que tuvo como precedente histórico la generación Beat. El hippismo entrañaba una actitud contestataria, una pregunta por la existencia y el sentido de las cosas. Los hippies se cuestionaron, por primera vez, por asuntos ambientales; presentaron una critica aguda y certera al sistema de valores y al engranaje económico. La presencia de estas tendencias apeló por una ampliación del concepto de libertad. Quienes habían permanecido en los márgenes, sin una voz ni condición legitimada, cobraron importancia. El movimiento por las mujeres y la comunidad gay también germinaría por aquellos años; propiciando un nuevo agenciamiento, una nueva pregunta por el cuerpo, los roles de género y la sexualidad.

Estas luchas provocaron grandes transformaciones, generaron inmensos cambios materiales y de conciencia. Pasaron en la rapidez fugaz de una década, 10 años convulsos, cuyo aglutinante principal fue la guerra de Vietnam y el horror que despertó. Nunca antes; como en esos años, una guerra había producido tanta angustia y desasosiego; nunca, como en ese tiempo, países que llevaban el emblema de la libertad y la democracia cometieron tantos vejámenes y represiones. La contracultura fue el movimiento por la igualdad, por el derecho a ser quien es; fueron actos simbólicos de provocación, movimientos de conciencia, oleadas de juventud, cuyo cronista principal y banda sonora fue el rock n’ roll y las canciones de Bob Dylan y los Beatles.

El libro de Diana Uribe nos recuerda que los derechos son un terreno político y social y que, en esa medida, son un campo de tensiones y negociaciones. Los derechos y las leyes nunca están acabadas ni son absolutas. Lamentablemente, hay una diferencia abismal entre la condición humana y la naturaleza humana. Todos somos iguales al nacer, pero en la práctica no somos tratados como iguales. Unos cuerpos importan más que otros. Hablar de la contracultura tiene más vigencia que nunca: repensar y discutir en igualdad y sobre la igualdad resulta un imperativo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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