Hacer visible la muerte para asumirla: los rituales del duelo

Por: AnaMaría Granada

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¿Qué pasa cuando hablamos de la muerte? El pasado 6 de mayo, en el marco de la FILBo, el escritor colombiano Álvaro Robledo, autor de Que venga la gorda muerte (2015) reunió a Gabriela Ybarra, autora de El comensal (2015) y a Enrique Patiño, autor de la novela Cuando Clara desapareció (2017) para hablar de sus experiencias personales con la muerte. Robledo e Ybarra han debido enfrentarse a la muerte repentina de sus madres frente al cáncer. Patiño tuvo que lidiar con un duelo incompleto, de más de 26 años, por la desaparición de su hermana. En esta ocasión, los autores discutieron sobre cómo el duelo es una sombra que acompaña constantemente su escritura.

Para Álvaro Robledo, la muerte de su madre impulsó una necesidad de descubrir formas alternativas para entender lo sucedido. Esto implicó, junto con una pasión por la cultura japonesa, que encontrara sustento y paz en el budismo y sus formas de ver el mundo; en reinterpretar el sentido de la vida y buscar maneras distintas de entender la ausencia. Es por esto, explicó, que él se ofreció a encabezar este encuentro, además de un interés por compartir con otros las implicaciones que trae el asumir uno de los acontecimientos más certeros de la vida humana, que es su finalidad.

Cuando se quiere narrar un duelo, la manera de hacerlo lo más sincero posible es narrándolo a través de la experiencia propia. Sin embargo, las pérdidas casi nunca le ocurren a una sola persona, la muerte de un ser querido le acontece a todo un colectivo: amigos, vecinos, colegas… familia. Es por esto que, cuando Gabriela Ybarra tuvo que enfrentar la muerte de su madre y comenzó a escribir reconoció que su historia iba desde antes de nacer. Su abuelo, Javier de Ybarra, fue asesinado en 1977 por el ETA (Euskadi Ta Askatasuna— «País Vasco y Libertad»), una organización terrorista nacionalista vasca. Gabriela nació en 1983 y entendió qué su vida había estado plagada por la represión de dolor, culpa y miedo; que cuando se hablaba del abuelo, nunca se mencionaba la pérdida. Y fue entonces cuando asumió el deber de poner en orden los sentimientos de su familia, sobretodo de su padre.

El duelo de Enrique Patiño fue diferente. Nunca hubo una gran estocada que señalara la muerte, nunca un sepelio que marcara un fin. Siempre estuvo ahí el puede que vuelva, volverá, ya pronto. Para Patiño fue necesario hacer un rastreo periodístico de los acontecimientos de la desaparición de su hermana Clara y luego imaginarse cómo llenar los vacíos en la historia, para poder comprender, veinticinco años después, que no tenía que esperarla más, que ahora sí podía llorarla.

De cierta manera, estos tres autores se valieron del lenguaje para dar frente al vacío que dejaron sus muertos, como cuando se arma un rompecabezas y se extienden las piezas para estudiar sus formas y la manera en cómo caben entre sí. Pero lo que hace de sus novelas no solamente un recuento de sus dolores es que aceptar que la muerte viene acompañado por cuestiones como el perdón,  la injusticia de la pérdida y navegar las situaciones donde se puede sentir que uno pudo haber hecho las cosas diferentes. En el caso de Robledo, su novela hizo que pudiera hacer las paces con el destino, porque una muerte prematura nunca es algo para lo que uno pueda estar preparado. En el caso de Ybarra, fue entender que era necesario buscar soluciones para esas situaciones individuales, dentro de sí y que su tranquilidad no podía depender de alguien más: el perdón sería un favor para el otro y no tendría problema en concederlo, pero que no necesita disculpas. Para Patiño, el asunto fue el de despejar el misterio y luchar en contra de quienes le decían a su familia que Clara seguro se fue con un tipo, de enfrentar y contar los hechos como realmente son, enmarcados en una sociedad compleja donde la corrupción y la burocracia son «como un elefante» que impide que la vida avance.

Cuando le pregunté a ambos invitados qué intenciones tenían al narrar la muerte de sus seres queridos, porque no se trataban de muertes privadas, sino muertes que están atravesadas por un sustrato claramente político y público, respondieron lo siguiente: a Ybarra le molesta mucho que el duelo de su abuelo no sea solo suyo, que tenga que compartirlo con todo un pueblo (el vasco) y que procuró liberar su escritura de sentimentalismos y de palabras gatillo que tuvieran una intención política, aunque era evidente que no podía librarse del todo de ella. De manera opuesta, Patiño manifestó que contar su dolor era contar también a Colombia, que hay mucho silencio en torno a las muertes del último siglo y que el contar la historia in absentia de Clara tenía mucho de acto político. El duelo es un proceso universal que toma una forma siempre individual, infinita. Es verdaderamente esencial «Hacer visible la muerte para asumirla» y estos tres autores son ejemplos de que la muerte también reside en el lenguaje, en lo no dicho y en lo que no se quiere decir ni oír: finalmente, en lo que pide ser puesto en palabras.

 

 

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