Cosa de anfibios

Por: Francisco Javier Burbano Puin

El pasado jueves 27 de abril, a las 6:30 de la tarde, Ricardo Cano Gaviria y Nelson Freddy Padilla se reunieron para hablar del momento en que el periodismo y la literatura dejan de ser vecinos para convertirse en amantes. Hablaron de casos legendarios como el de Walter Benjamin, quien escribía ensayos de toda índole y trabajaba para la radio a la vez que soportaba los rigores de la crisis sociopolítica y la guerra. También hablaron de las desbordantes tradiciones periodísticas y literarias de Francia en el siglo XIX, sobre crónicas de viajes y novelas por entregas. De ahí este comentario al margen.

A la vez máquina y medio, en la prensa confluyen algunas de las líneas fundamentales del mundo moderno. Su aparataje de complicaciones, compuesto de planchas, bandas, rollos, palancas y engranajes, anticipa y reproduce su funcionamiento en la historia. Con la prensa surge la tecnología con la que se modernizan la lectura y la escritura: la impresión en masa. En simultáneo, se alza a su alrededor la gran ciudad y sus multitudes. Y debido a esas modificaciones materiales de la fuerza y el paisaje, se abren los escenarios del mercado editorial. Así, aparecen en escena los nuevos personajes de la prensa: los operarios de la máquina (con el editor a la cabeza), los periodistas (entre ellos, los críticos de arte y literatura) y finalmente los escritores (divididos en varios grupos, dependiendo de su manera de trabajar con las palabras). En últimas, nacen para el mundo moderno los profesionales de la lectura y la escritura y solo entonces toma forma la amplia gama de públicos lectores que conocemos hoy. En ese cruce de caminos se concentra Las ilusiones perdidas de Honoré de Balzac, publicado en tres momentos distintos entre los años 1837 y 1843. ¿Qué nos dice ese libro de la relación entre periodismo y literatura?

De entrada, el balance es desalentador. Balzac sugiere que tanto en el mundo de la literatura como en el del periodismo, impera la mezquindad: con fuerza semejante se imponen el dinero y la vanidad; en el más acá y el más allá de las palabras valen más las apariencias y los intereses que la verdad o la pasión. Así comienzan las derrotas. El escritor, al concentrar sus esfuerzos en la elaboración de los grandes ideales y sus contradicciones secretas, equivoca sus pasos por un exceso de ingenuidad; el periodista, al dedicarse a los asuntos más prácticos y mundanos, se rinde al final a la complacencia y el oportunismo. El primero se hunde en el hartazgo, el segundo se abandona al conformismo, y tras ellos solo quedan las ilusiones rotas y los destinos fracasados.

Pero esa no es más que la superficie del asunto, su primera piel. El libro de Balzac no es sencillamente la exposición del fracaso: la prensa no está maldita. Es, también, un examen autocrítico, si se quiere. Por una parte, ayuda a apreciar todo aquello que entorpece la relación del periodismo con la literatura. Los escritores, desdeñan a los otros por su cinismo y su falta de rigor, por su visión pobre y su tráfico con las palabras; los periodistas responden burlándose de la puerilidad y la grandilocuencia de los primeros, sus aventuras de alto vuelo, su amor al arte. En un segundo plano, Las ilusiones perdidas expresa un malentendido sobre el que existen demasiados consensos: se cree que el periodismo y la literatura son vecinos por inercia. Se olvida que su convivencia en muchos casos consiste en un doble ejercicio motivado por el deseo de explorar dos registros distintos, dos modos de narrar y entender. Prevalecen, según el malentendido, la resignación y la urgencia: las necesidades y los afanes cotidianos obligan al escritor a ejercer inútilmente el periodismo; la rigidez y la inmediatez de la prensa obligan al periodista a cultivar de forma desesperada e intermitente un remedo de literatura acorralada en el tiempo. Parecen, pues, dos mundos enemigos, dos trincheras encarnizadas en mitad de las palabras. Sin embargo, no es una relación fatalmente negativa y excluyente.

Por otra parte, el libro de Balzac sobrevive al desencuentro, soporta los rigores de la lectura y la imprenta. Las ilusiones perdidas salta una y otra vez el muro, combina la penetración y la condensación literarias con la agilidad y la audacia periodísticas. Por su contenido, puede leerse como una derrota sin solución; por su forma, puede ser considerado una conquista en al tiempo que corre y no da lugar al alcance. Es decir que aunque los personajes de ese libro fracasan en la escritura, Balzac entre tanto gana la batalla.

Las ilusiones perdidas es una auténtica lección de oficio, se sirve de las manifestaciones más acabadas del periodismo y la literatura. Un escritor como Balzac demuestra que en el ejercicio más comprometido de lo periodístico el escritor pone a prueba, como si se tratara de una inagotable puesta en escena, la economía y la eficacia de su escritura. Practica, por decirlo así, una gimnasia de las palabras: aprende la disciplina de los significados y la pasión, entiende cómo ajustarse al tiempo y sus contingencias, acepta que la exactitud de su trabajo consiste en expresar la solidez o la inconsistencia de lo real. A su vez, comprende la naturaleza y la estructura de las historias y los acontecimientos: aprende a indagar en las fuentes, el cruce cuidadoso de las múltiples versiones y las voces; perfila los diversos enfoques y perspectivas, la disposición adecuada de las interpretaciones y los datos. Ahora bien, también demuestra que en el ejercicio más depurado de lo literario el escritor ensaya, como si se tratara de un laboratorio hecho de palabras y de ritmos, el despliegue enriquecido de un hecho, la posibilidad de investigar y experimentar, hasta sus últimas consecuencias, las cosas de la historia y el mundo. Aprende, pues, que no es posible describir un hecho si no se intuyen de antemano las sensibilidades y los afectos implicados en ese mismo hecho. La razón es sencilla: todo verdadero acontecimiento, incluso el más pequeño, concreto y desnudo, mueve el corazón y lo estremece. Aprende, también, que si se busca comprender la realidad con sus múltiples aristas y matices, no solo basta la enumeración ordenada y rigurosa de los datos del mundo, además se hace necesario componer el tejido simbólico que posibilita la aparición lo real, el espacio imaginario en el que los sentidos se mueven y se encienden. Todo porque la realidad necesita de la imagen, es ante todo una serie de imágenes móviles plagadas de relieves y presencias. Las ilusiones perdidas es el producto de una contaminación afortunada y fecunda entre periodismo y literatura.

Dentro del bestiario de los oficios, el escritor que se mueve entre una y otra dimensión de la escritura sin duda aparecería bajo la forma de un batracio. En sentido metafórico, habita el medio húmedo del agua y el barro, y el ambiente seco de la tierra; respira con igual facilidad en entornos disímiles, ve con igual destreza tanto en el ámbito enrarecido de lo sumergido como en la claridad del aire. De ahí la manera más sutil de someterlo al ridículo: le dirían sapo (cuidado, no hacen parte de esta clase de vertebrados el lagarto o la víbora); de ahí la manera más exacta de entender su oficio: una cosa de anfibios. Honoré de Balzac, sin duda ni ironía, es uno de los anfibios más vigorosos de la historia moderna.

 

 

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