“A veces no hay nada más real que el hubiera”: una entrevista a Andrés Mauricio Muñoz

Por: Francisco Javier Burbano Puin

*Fotografías por: Paula Andrea Burbano Puin.

Andrés Mauricio Muñoz nació en Popayán, Colombia, en 1974. Ha publicado los libros Desasosiegos menores (2011), Un lugar para que rece Adela (2015) y El último donjuán (2016). En el marco de la XXX Feria Internacional del Libro de Bogotá ha sido invitado para participar en la celebración del cuento y del surgimiento de nuevas voces y narradores colombianos. Conversamos con él y esto fue lo que nos contó.

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Además de leer y escribir, usted también se dedica a la ingeniería, por varios años ha ejercido esa profesión. ¿Qué significa para usted ese intercambio, ese entrecruzamiento de líneas? ¿Cómo impacta su tiempo, sus hábitos, su manera de hacer literatura?

Sí, ya llevo 17 años trabajando como ingeniero, como arquitecto de soluciones en una multinacional. Lo que yo he hecho, desde que comencé a escribir, es tratar que la literatura no pierda su espacio, que vaya en paralelo con el ejercicio de mi profesión. Procuro ser muy disciplinado, madrugar mucho, levantarme cuatro, cuatro y media de la mañana y mantener un ritmo de tres horas de escritura antes de irme a la oficina. Naturalmente, cuando no estoy en algún proyecto esta rutina cambia un poco, pero cuando estoy metido de cabeza en un libro de cuentos o en una novela, trato de ser lo más riguroso posible. Yo siento que la ingeniería me ha dado la visión que me ayuda a construir mis historias, a definir los personajes, a darles un carácter, a perfilar sus atmósferas, es ese querer tener definidos todos los elementos y la arquitectura del relato. Mi meticulosidad como ingeniero electrónico está presente en la manera como escribo. Siento que he podido conciliar muy bien esas dos facetas de mi vida, pero mi anhelo es que, en algún momento, ese rol de ingeniero desaparezca para dedicarme completamente a la literatura.

Hablemos de sus primeras publicaciones: los cuentos. Existen dos libros: Desasosiegos menores y Un lugar para que rece Adela. Creo que el subtítulo del segundo los define muy bien: Cuentos de despojo. Después de leerlos, se entiende que en ellos no se narran los grandes despojos materiales y espirituales que desgarran, sino los despojos mínimos y secretos que viven como un ruido de fondo en la vida y la memoria. ¿Por qué se ha interesado en esas pequeñas fisuras, en esos leves fantasmas de las historias más personales?

Desde que comencé a escribir cuentos, noté que había un elemento de fondo que de alguna manera los hermanaba: todos obedecían a una misma mirada, a una misma preocupación. Siempre se trataba de una pequeña angustia, una pequeña desazón de los personajes, ellos aparecían inmersos en esos momentos de la vida en los que te enfrentas a lo que siempre estuvo ahí y te enturbia la mirada, eso que te aflige aunque la vida siga porque tiene que seguir. Cuando llegué al primer libro de cuentos, lo aglutiné todo bajo ese mismo concepto y por eso se llama Desasosiegos menores. En el siguiente libro, Un lugar para que rece Adela, quise seguir explorando ese camino. En este caso, pensé en los despojos cotidianos, -no en los grandes despojos-, violentos, viscerales, cuando te quitan todo o te expulsan de un sitio al cual perteneces. Me interesé en los pequeños despojos a los que te somete la vida, cuando pierdes un momento único e irrepetible, cuando vas perdiendo una ilusión que has alimentado durante muchos años, esos pequeños agobios humanos que a cada quien descorazona. Como decían los abuelos: “la procesión va por dentro”. Todo esto tiene mucha relación con las lecturas que me han marcado, por ejemplo, los cuentos de Julio Ramón Ribeyro. En ellos nos encontramos con personajes frustrados y abatidos, arrugados por la vida, que viven entre esos tonos opacos, esas zonas brumosas de la angustia agazapada que por años duerme, pero que, en un momento dado, algo, una fotografía, una llamada, cualquier recuerdo, la activa y entonces esos personajes dicen: “Verdad que ya no me hablo con mi padre, verdad que perdí a mi mejor amigo, al que tanto quería, verdad que tenía un sueño”. Es el concepto del hubiera, a veces no hay nada más real que el hubiera. Muchos dicen que no existe; mentiras, más allá del camino que uno eligió, de esa realidad que late por dentro, está el hubiera que siempre te recuerda lo que abandonaste, el amor que dejaste ir, un hubiera que todos los día te habla al oído.

El año pasado publicó su primera novela, El último don Juan. ¿Qué ha significado para usted esa nueva apuesta? ¿Qué desafíos afrontó tanto a la hora de escribirla como de publicarla?

El último donjuán es una novela que trabajé durante mucho tiempo, suelo decir que fueron cinco años de escritura, pero en realidad fueron más. Este libro ha significado varias cosas para mí. En primer lugar, ha sido un gran desafío técnico. Yo venía de dos libros de cuentos, me había probado como cuentista. Cuando me di cuenta que quería contar lo que yo he llamado el amor en los tiempos de internet, entendí que necesitaba de una mirada más amplia, un solo personaje no iba a ser suficiente, necesitaba más para cubrir diferentes voces, diferentes flancos, diferentes perspectivas. Es decir, para contar ese amor necesitaba escribir una novela. Pasar a la estructura de la novela fue complicado. La forma fragmentaria de El último donjuán excede mi experiencia como cuentista, tuve que imaginar un punto en el que todo convergiera, un hilo conductor que guiara la lectura. En segundo lugar, la novela me obligó a manejar la zozobra de las varias versiones. Cada vez que me ponía de aventurero, la mandaba a concursos, se la mandaba a editores. Siempre recibí respuestas positivas, pero por alguna razón nunca se concretaba nada. Eso me daba la posibilidad de volver a la novela, trabajarla, dejarla reposar, corregirla… Hasta que un día dije: “No la toco más, ahí está, no hay otra”. Y en tercer lugar, gracias a ella di el salto a un editorial con mucho más poder de difusión. Venía publicando en editoriales menores, de tirajes pequeños, de promoción más modesta. Trabajar con una editorial importante, rodeado de gente igualmente comprometida con la literatura, me ayudó a derrumbar una serie de prejuicios que yo tenía con respecto a ese medio. Con El último donjuán he llegado a un universo de lectores mucho más amplio. Ahora, el mecanismo parece ser el mismo, es decir, estés donde estés, hay que ganarse los lectores a pulso. Eso sí, tengo la tranquilidad que la novela está ahí y que se puede encontrar más fácilmente.

Una de las cosas más interesantes de la novela es que usted decide narrar ciertas relaciones personales moldeadas y trastocadas por el contacto con las nuevas tecnologías. Algunos aún dudan de incursionar en ese terreno, incluso lo evitan. ¿Qué importancia tiene asumir ese riesgo? ¿Por qué llevar la literatura a un terreno supuestamente poco o nada literario?

Siempre me han preocupado los agobios contemporáneos, esa soledad que encubre el dinamismo de la sociedad actual. No tendría mucho sentido eludir las nuevas tecnologías, sería un despropósito. La tecnología llegó para trastocar la manera como los seres humanos veníamos construyendo nuestras relaciones. Tendíamos lazos por el contacto y la cercanía, pero ahora la tecnología nos une a alguien que está a miles de kilómetros de distancia, con alguien que no vemos, que no podemos sentir con el tacto o el olfato, pero igual nos enamoramos. Por eso me interesé en el correo electrónico y el Messenger. No incluí el fenómeno de las redes sociales, porque quería contar esos primeros merodeos de la intercomunicación cuando todavía no sabíamos muy bien a lo que nos enfrentábamos, la avalancha que se nos venía encima. Quería entonces explorar esos dos mundos, lo real y lo virtual, que comenzaban a confundirse como si entráramos a otra dimensión: cuando nos conectábamos por módem y comenzaba ese sonido particular (una especie de gorgoteo, de ronroneo lejano y profundo), se sentía que entrabas a otra dimensión, aparecían 20, 30 amigos y hablabas con ellos al mismo tiempo. Pero todo era una pausa, un sedante, apagabas la pantalla y volvías a tu tristeza, a tu incertidumbre. Me parece que encarar la tecnología en lo que escribimos es un acierto literario, pese a que tengo amigos y conocidos que, aunque avalan mi decisión, no se sienten capaces de narrar una conversación por chat o mencionar siquiera la palabra Facebook en un relato.

A los que han llegado hasta este punto de la entrevista, ¿qué libros les recomienda?

Estoy terminando un libro que se llama Toño Ciruelo de Evelio Rosero. Estoy encantado. También recomiendo el trabajo que viene haciendo Selva Almada, argentina, sacó hace poco un libro de crónicas que se llama Chicas Muertas. Me gusta mucho lo que hace Mariana Enríquez, también argentina, y lo que hace Yuri Herrera, mexicano, tiene unas novelas muy buenas: Trabajos del reino, Señales que precederán al fin del mundo, La transmigración de los cuerpos

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