Nuevas voces en la literatura colombiana: María Ospina

Por: Harold Muñoz

Los azares del cuerpo. María Ospina-01Los dedos del pie abiertos, metidos en una guillotina de goma, rosada, para que el esmalte en las uñas se termine de secar. El cortacutículas que se lleva los excesos, lo que sobra, eso que se niega a dejar de salir: pelos, uñas, granos, cueros. Labios pintados: mate, brillantes. Labios sin pintar: manchados, brillantes por las babas. Cuerpos con las piernas abiertas, con la cera caliente en la ingle. Cuerpos viejos. Cuerpos con picaduras de pulgas.

En Azares del cuerpo (Laguna Libros, 2017) “cada cuerpo es un cuento” que se quita o al que le aparece algo. Cuerpos que no se acostumbran, que se administran. Se trata del primer libro de María Ospina (1977), escritora bogotana radicada en Estados Unidos, y que este año hace parte del cartel de nuevas voces que se presenta en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Los cuentos de esta colección pueden leerse como una especie de relatos de viaje que, más que centrarse en las aventuras de un personaje para llegar a determinado lugar, narran la adaptación forzosa que éste debe sortear para habitar  un nuevo espacio. Adaptación que todo el tiempo lo obliga a salir de su propio imaginario, a reacomodarse epistemológicamente. Una mujer que vuelve a la ciudad de su infancia supuestamente para terminar una novela o una mujer que prepara su cuerpo antes de irse para la costa Atlántica, como ocurre en dos de los relatos del libro. De ahí que los protagonistas de estos cuentos sean los cuerpos más que los personajes que los habitan; es en estos donde se dan las luchas, las transformaciones por y para  pertenecer a determinado entorno, luchas diarias cuyo campo de batalla es la cotidianidad: las formas de vestir, de hablar, de ser en lo público y en lo privado.

De hecho, cuando le pregunté a María Ospina sobre la naturaleza de sus cuentos, me respondió lo que sigue:

“No son grandes epifanías, tampoco dejan esa confusión como los de Cortázar o Borges en los que hay que solucionar una cantidad de misterios o imbricaciones entre ficción y realidad. Son más como viñetas de ciertos encuentros y desencuentros que quedan sobre la mesa para el lector. Son cuentos en los que en realidad no pasa tanto, en los que no hay grandes cambios, sino pequeños giros de la cotidianidad”.

En “Policarpa”, una exguerrillera viene a Bogotá después de desmovilizarse. Gracias a un programa de resocialización, consigue trabajo en Carrefour, un apartamento, una nueva vida más allá de la guerrilla en la que estuvo desde niña. Lo que sigue es una parte de este cuento:

Como aún tiene más de media hora, decide caminar hasta el lugar acordado. Se estrena las zapatillas plateadas que compró en el hipermercado cuando le pagaron la segunda quincena, aunque intuye que en pocas cuadras estará cojeando pues los zapatos de ciudad no logran contener la anchura de unos pies forjados en las trochas del campo. Se recrimina por volver a añorar sus botas pantaneras.

Meter las botas en el barro, caminar por andenes, estrenarse unos tenis. En este caso se trata, y ella lo dice mejor que yo: “de narrar lo que quiere decir someter un cuerpo que creció y se desarrolló en otro espacio, en otro contexto y con otra formación, a un espacio nuevo. Cómo encajar. Desde ponerse un zapato, hasta navegar y transitar unas calles completamente distintas o hablar de la experiencia propia”. Con esto, Ospina consigue que el lector participe de la experiencia corporal de otra persona, que lea, y por lo mismo se entere del testimonio de un cuerpo femenino después de la guerra.

Le pedí que desarrollara un poco más sobre ese poder hablar de la experiencia propia. En “Policarpa”, por encargo de una editorial la protagonista prepara un libro sobre su vida en la guerrilla. Lo interesante es, precisamente, el proceso de edición. El testimonio de la protagonista solo puede ser leído tras las tachaduras, tras lo que corrige la editora. El producto final, entonces, queda depurado de excesos, de eso que podría afectar las expectativas del público sobre lo que debería decir un cuerpo extraño, periférico.

“Este cuento surgió de mis lecturas de esas crónicas que se volvieron tan importantes hace unos años cuando ex secuestrados como Alan Jara salieron del cautiverio y empezaron a publicar sus testimonios. Hubo una guerrillera, alias ‘Karina’, que publicó un libro. A partir de ahí surgió una especie de fascinación con la mujer guerrillera, con esta gente que viene de la selva en condiciones casi abyectas. Hay una violencia de la representación en esa abyección del guerrillero, del que nunca ha vivido en la modernidad urbana. Yo quería complicar un poco eso y para ello me parecía fascinante la noción del trabajo en la ciudad después de ese otro trabajo, después de esa otra vida”.

A pesar de lo anterior, la exotización no deja de ser una estrategia de adaptación para las dos partes, tanto para el que llega, como para el que recibe al otro. Lo que está en juego todo el tiempo son situaciones conflictivas y versiones del cuerpo que ponen en común lo extraño y lo habitual. Al final de “Policarpa”, incluso, la protagonista se la juega por su derecho a elegir la forma en la que quiere ser representada. No por nada, y esta es quizás la decisión estética más importante del libro, todos los cuerpos que componen esta colección son de mujeres.

“Para mí, el cuerpo femenino está –con excepciones, claro–, muy mal narrado en la literatura colombiana. Y está muy mal narrado por los hombres. Constantemente erotizado, bajo el parámetro aburrido y trillado del deseo heterosexual. No es que yo con estos cuentos espere cambiar nada, pero sí me interesa explorar otros territorios de la vida del cuerpo que trasciendan ese deseo. Por eso la roncha, por eso el pelo que se quita, por eso todas esas huellas físicas que hacen que el cuerpo se materialice en otras facetas”.

En “Collateral Beauty”, otro de los cuentos de esta colección, Estefanía, la protagonista, es dueña de una clínica de muñecos que heredó de sus abuelos. Un día recibe la llamada de alguien que dice estar interesado en comprar algunos muñecos, incluso partes. Estefanía ve esto como una oportunidad de irse deshaciendo de esa herencia que cada día agarra más polvo. Lo que sigue es un apartado del catálogo de partes de muñecos que la protagonista le envía por correo electrónico al hombre que llamó:

Partes sueltas: un par de ojos pintados sobre superficie de madera triangular, iris azul y pupila con incrustaciones de cristal. Cuatro pares de ojos de cristal, diversos colores. Un ojo suelto ligeramente rajado por detrás. Un par de brazos de cerámica con terminaciones en trapo. Un par de piernas de madera, medianos. Un par de pies de yeso (5 cm de largo).

Al igual que Estefanía, en Azares del cuerpo María Ospina le ofrece al lector, en seis relatos, un catálogo de cuerpos de mujeres en distintas circunstancias que desbordan la noción naturalizada de lo femenino. De esta forma, gracias a la riqueza y precisión de las descripciones, los que estamos biológica –y a veces culturalmente– limitados para vivir en carne propia estas experiencias, podemos acercarnos al dolor de los pelos que se arrancan, transportarnos a la guerra en un cuerpo femenino, y empatizar con un cuerpo de otro género, de otra edad o en circunstancias que puedan resultarnos totalmente ajenas.

En contra de una única historia sobre lo femenino, las mujeres en esta colección de cuentos reclaman más formas de ser representadas en la literatura, en la realidad. Para eso se muestran. De ahí que las imágenes en estos cuentos piquen, incomoden. Al fin y al cabo, se trata de unos relatos en los que se participa de la experiencia corporal de unas extrañas. Experiencias que invitan a revisar las paletas de colores y los argumentos con los que comúnmente se refieren a sus cuerpos y a las circunstancias que los determinan.

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