Gran celebración del cuento en la FILBo 2017

Por: Harold Muñoz

Son muchos los decálogos y en general los manifiestos que se han escrito sobre el cuento. Unos que aseguran que un buen  cuento es ese que te deja una sensación de extrañeza al final, el que te produce una especie de epifanía, el que te vuela los sesos con una vuelta de tuerca inesperada. Otros, que el gran cuentista es aquel capaz de contarte dos historias: una obvia, que sirve de escenario, y otra más oscura, sugerida, la verdadera intención del cuento. Para algunos, se trata de un género al mismo nivel de la novela o, incluso, más rico, más potente en el lenguaje y en las formas. Para otros, se trata de un género menor, la entrada a la escritura de cualquier principiante, el primer paso antes de convertirte en un escritor profesional.

Poe, Cortázar, Quiroga, Chéjov y, más recientemente, Piglia, han aventurado las tesis más repetidas en la literatura –por lo menos en la literatura latinoamericana– sobre lo que debe ser, hacer y cómo producir un cuento. Tesis que, de más no está decirlo desde ya, han sido debatidas o, más bien, ampliadas, por escritoras como Alice Munro quien, decía, solo escribía cuentos por falta de tiempo y en quien en vez de una vuelta de tuerca o una iluminación profana –por ponerlo en términos de Rimbaud– prima más un interés por representar la cotidianidad, por no contar nada, o por lo menos no en los términos de lo que comúnmente se entiende como un gran argumento.

Al igual que pasadas las vanguardias, esos movimientos de principios de siglo XX que pretendían, con cada manifiesto, definir los caminos del arte, en el cuento, luego de decálogos y decálogos, nos quedan técnicas, recursos. Actualmente, ya no se trata de meter en una camisa de fuerza lo que debe ser un cuento. Por el contrario, y siguiendo la respuesta que me dio la escritora chilena Alejandra Costamagna después de que le preguntara sobre si creía o no en alguna regla para escribir cuentos, se trata de “interesarse en esas reglas para romperlas, para jugar con ella y para parodiarlas a veces”. De esta manera, lo que se busca hoy en día es escribir “malos cuentos” que tomen o desechen lo que les sirve de las distintas tradiciones.

Es, sin duda, debido a la potencialidad del cuento, a la maleabilidad con la que se pueden construir, que se mantiene como un género completamente saludable. Plasticidad que año a año impulsa a escritores –principiantes o veteranos– a emprender todo tipo de proyectos estéticos en un nuevo libro de cuentos.

Por todo lo anterior, en la Feria del Internacional Libro de Bogotá, se va a celebrar la vitalidad del cuento, ese género que en especial en la tradición latinoamericana ha servido para contarlo todo y para no contar nada. El próximo sábado 29 de abril a las 6:00 p.m. en la sala Jorge Isaacs, se van a reunir a conversar sobre el cuento los escritores Luis Noriega (Colombia), Alejandra Costamagna (Chile), María Ospina (Colombia), Paulina Flores (Chila), Mariana Enríquez (Argentina) y Sara Mesa (España). Modera Valentín Ortiz.

Precisamente, estuve conversando con dos de las escritoras que van a participar en esta mesa, Alejandra Costamagna, quien este año presenta Imposible salir de la tierra de la editorial Laguna Libros, y María Ospina, escritora colombiana que publica su primer libro Los azares del cuerpo, también de Laguna Libros, también de cuentos. A ambas les pedí que me dieran una definición del cuento, que me dijeran qué posibilidades les permitía éste distintas a las de la novela u otros géneros. Sus respuestas explican su vitalidad, la sed de cuento en los lectores contemporáneos, y el porqué de la apuesta de las casas editoriales en este género que hace mucho dejó de ser menor.

“Yo creo que justamente la economía de medios, o del trabajo con el silencio que el cuento permite el cuento, lo pone en una zona de mucho más riesgo. Y en ese sentido pienso que es más pariente de la poesía, porque es un trabajo donde no solo importa que la historia esté bien contada, que haya una buena estructura, sino de una apuesta por el lenguaje que tiene una posibilidad de visualizarse con mucha más claridad. En ese sentido el cuento es como una especie de miniatura, como una especie de artefacto, una bomba explosiva con muchas potencialidades, con un material escaso que hay que trabajar con mucha precisión en las imágenes, en la musicalidad, en el ritmo”, dice Alejandra Costamagna.

En cuanto la definición que me dio María Ospina: “Para mí el cuento es un relato tan complejo como la novela, pero mucho más breve, mucho más condensado, que deja muchas cosas sin decir y que pone sobre la mesa temas de manera sutil, pero poderosa, para que los lectores se queden con ellos y desarrollen los silencio”.

Lo anterior es apenas una muestra de lo que se va a vivir en la “Gran celebración del cuento” que se va a llevar a cabo en la Feria del Internacional Libro de Bogotá. Un espacio en el que además de hablar sobre cuentos, se van a leer cuentos. Un espacio para aventurar definiciones con el único fin de alargarle la vida a un género que se alimenta de las limitaciones.

 

 

 

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